BREAK TIME

Este proyecto es parte de un encargo de Fundación Telefónica para documentar las vidas de algunos de los niños trabajadores de América Latina. Cinco fotógrafos (Walter Astrada, Renzo Giraldo, Álvaro Ybarra, Carlos Spottorno y Lurdes R. Basolí) fuimos desplazados a algunos países dónde se desarrolla el programa ‘Proniño’, para combatir el trabajo infantil. Pasé tres semanas en Guatemala, una con cada niña o niño y su familia: Carmen Rubí, Gilver y Suleni. El texto que viene a continuación fue el que escribió Rosa Regàs para el libro ‘La Hora del Recreo’, a propósito de Carmen Rubí.

 

‘VIVIR PARA CONOCER’

¿Que has hecho, Carmen Rubí, para que la vida te haya tratado con tanta dureza y tanta injusticia? No sólo a ti, pienso mientras te veo sentada sobre un montón de piedras que habrás de picar con tu martillo durante muchas horas al día, entre el ruido y el polvo, sino a millones de niños y niñas que como tú sólo conocen el trabajo en la casa y el trabajo en el “piedrín”, o en la fábrica o en la mina. Veo en tu rostro la sombra de una placidez que sólo puede venirte de la aceptación a ciegas de tu destino y del desconocimiento que tienes de cómo es la vida de los niños y niñas que nacieron en otros lugares del mundo desarrollado.

Apenas conoces el ocio y el juego, te levantas al alba para limpiar y barrer y cocinar lo poco que entra en tu casa, porque desde que empezaste a hablar y a caminar tuviste que ayudar, y poco a poco, a medida que crecías, acabaste encargándote de buena parte del trabajo doméstico realizado en las más pobres y duras condiciones.

Tu madre murió cuando tenías siete años y tu padre se fue a los mundos ignotos que tal vez tú nunca conozcas. De ahí que desde muy niña tuviste que dar la espalda a las caricias y cuidados que reciben de su madre los niños y sustituiste la figura del padre por la de esta familia formada por tu hermana, tu tía, tu hermano, tu primo, tu abuela.

Eres callada y tímida, contestas con monosílabos cuando te preguntan como si la estrechez sentimental y física de tu vida te hubiera arrebatado la curiosidad y el entusiasmo, convencida como estás sin saberlo de que todo habrá de ser como lo vives ahora, que así es la vida donde el azar te ha lanzado y así habrá de continuar.

¿Piensas en ello cuando sentada sobre un montón de piedras te dejas llevar por la única música que conoces, el constante repiqueteo de la piedra al picarla durante horas para intentar vender algún montoncito a quienes os pagan miserias por ello? Tú, Carmen Rubí, ni siquiera sabes y probablemente ni siquiera te preguntas para que necesitan esos hombres la piedra que picáis durante todo el día. Lo único que sabes es que sólo esas ventas os permiten sobrevivir.

¿O piensas en tu futuro y en lo que será de ti cuando te hayas convertido en mujer, si te tumbas en tu camastro y cierras los ojos, si duermes y sueñas en un bienestar que nunca has conocido? El mundo de los sueños te pertenece, en él te redimes transformando la aridez de tus días en expectativas, y al despertar con la mirada todavía virgen, ves lo hermoso que es el mundo que te rodea, con sus árboles y sus montes, con sus noches estrelladas y los palpitantes colores de sus auroras y atardeceres, y te sumerges en esa poza del río con la inocente alegría que te niega la triste rutina de tus días.

O cultivas la plenitud que vislumbraste en la inocencia de tu infantil inteligencia cuando lograste ir a la escuela y conociste el significado de las letras y los números que te hicieron comprender, como una mágica intuición, que otro mundo era posible, que otro destino podía estarte reservado si conseguías descifrar el infinito misterio del conocimiento. Y de una forma incuestionable supiste que sólo ese conocimiento podía cambiar el triste curso de tu historia.

Porque hay en lo más profundo de tu plácida mirada un luminoso atisbo de luz, como si tuvieras la seguridad de que existe un camino directo al conocimiento que, sin saber aún en que consiste, entiendes que exigirá un nuevo esfuerzo a tu ya cansada vida, pero abrirá dentro de ti un complejo universo de curiosidad, entendimiento y comprensión, facultades que hoy yacen todavía dormidas en el interior de ti misma pero tan ciertas y profundas como el cariño y solidaridad que recibes de los tuyos y les devuelves convertido en el calor que os hace compartir, en vuestra sofocante vivienda hecha de láminas de metal, vuestra humilde forma de soñar y de vivir.

Quiero creer, querida Carmen Rubí, que lo que hay en el fondo de tu mirada un poco velada por la timidez no es más que esperanza. Esperanza en ti misma, como ser humano, como mujer.

 

Rosa Regàs, escritora