BLANK

Recognizing her role in the reproduction and survival of this Western imaginary, the artist dissects and questions her own photo album made in 1998, after a family trip to Kenya and Tanzania. In an exercise in courage and honesty, Basolí approaches the issue from the very first person, tackling a standardized and enormously widespread problematic. This album, which operates as the axis over which the exhibition is articulated, is also completed with other pieces. On the one hand, the portraits of the first photographers who took pictures of the Maasai people and whose work contributed to generating this type of representation around the myth of the Good Savage.
On the other hand, BLANK gathers together a selection of Instagram hashtags from posts in which tourists pose and photograph themselves with Maasai, demonstrating the survival of a series of topics based on the colonial, racist, gaze. Likewise, a photograph of Kimotonge, a Maasai from Kilimanjaro with whom the artist befriended on a new journey (2017), reflects the difficulties of stripping oneself of the condition of a white Western tourist. The exhibition as a whole proposes a discussion on images in order to try to determine how we can represent and see the Other from non-ethnocentric positions.

Text by Érika Goyarrola

A partir de una vivencia personal, Lurdes Basolí inicia un trabajo de descolonización de la mirada poniendo sobre la mesa los nexos de sentido que existen entre el hipostasiado encuentro cultural que se daba durante las exhibiciones etnológicas y el que se produce en los “viajes a tribus” hoy en día. Para llevar a cabo tan ambicioso proyecto, utiliza la contraposición y yuxtaposición de imágenes en un ir y venir constante del archivo familiar al documento histórico. El álbum fotográfico y videos domésticos de un viaje a Kenia y Tanzania, realizado por la artista y su familia en 1998, son el punto de partida de una reflexión profunda sobre los procesos de construcción de la imagen tópica del masai, convertida en su caso en figura arquetípica del negro africano. Una imagen que, como muestra Basolí en las obras que componen la exposición, podemos rastrear en fotografías antiguas, postales y filmaciones de viajeros que recorrieron la región. Pero no se trata solo de mostrar a los masáis, sino de convertir al observador en observado, al cazador –de animales o de imágenes- en cazado. En una de las paredes de la sala se pueden ver las páginas del álbum de fotografías del viaje de Basolí y su familia en las que aparecen convertidos en intrépidos exploradores. En otra, los retratos de Sir Harry Johnston, Casimir Zagourski, Eric Matson, Frank Carpenter y Cherry Kearton, quienes fotografiaron a los masáis durante las primeras décadas del siglo XX. Estas imágenes funcionan como metáforas de una hegemonía visual. Asimismo, fragmentos de las filmaciones del safari de Theodor Roosevelt en Kenia y Uganda en 1909 seleccionados por la artista, se proyectan entreverados con el video doméstico que sintetiza el viaje de Basolí en 1998.

 

De esta cadena visual y textual deriva el anhelo que tiene el habitante del “mundo civilizado” por ir a comprobar “allí” la realidad de un imaginario cincelado por la literatura, la fotografía, el cine y la televisión. Hoy en día las condiciones del viaje han cambiado enormemente, si las comparamos con las de los exploradores del siglo XIX. La industria turística nos ofrece la posibilidad de “descubrir las costumbres de indígenas y tribus alejadas de la globalización y la occidentalización a la que estamos acostumbrados”, sin correr riesgos, ni abandonar por periodos largos de tiempo las comodidades del hogar. Por otro lado, las poblaciones autóctonas son conscientes del beneficio a corto plazo que supone exhibirse como curiosidades ante un público ávido de experiencias auténticas e inolvidables en una negociación manifiestamente desigual. Experiencias que se registran y difunden a través de redes sociales continuando y perpetuando la cadena textual y visual. Acompañando al visitante en su recorrido por el espacio expositivo, Lurdes Basolí ha introducido hashtags extraídos de posts de cuentas públicas de turistas que se fotografían con los masáis.

 

En este contexto, Basolí no renuncia a la posibilidad del encuentro cultural. En 2017 viajó de nuevo a la zona y en Zanzíbar conoció a Kimotonge, un masai del Kilimanjaro con quien entabló una relación de amistad. En ese momento, era consciente del papel que desempeñaban las posiciones de privilegio en el encuentro fotográfico. De ese viaje solo rescata una fotografía, un retrato inintencionadamente desenfocado de Kimotonge. De forma azarosa, la imagen revelaba la tensión entre la atracción por lo exótico y la renuencia a reproducir esquemas fotográficos que redundan en la imagen tópica del masai, de la que la artista quiere distanciarse. Consciente del carácter potencialmente hegemónico de la mirada y teniendo como horizonte el “contrato civil” de la fotografía del que habla Ariella Azoulay, ahora podemos leer esta obra como el punto de partida de un diálogo visual, con fotografías tomadas con smartphone, entre la artista y Kimotonge. Un diálogo que continúa hoy, donde ambos comparten sus universos e identidades. A diferencia de las fotografías del álbum familiar, monológico, las imágenes intercambiadas que se exponen responden a un principio dialógico, donde los puntos de encuentro y desencuentro, familiaridad y extrañeza, fluyen en dos direcciones. De ese modo, la reflexión de Lurdes Basolí no solo es estética sino ética, tiene que ver con imaginar mundos y representaciones posibles más allá de los esquemas heredados de la colonización.

Texto de Hasan G. López Sanz